Ante la cultura de la muerte que impera, urge humanizar la migración: Pereda

Para Carlos Pereda es imperativo tener una visión más humana frente a los desplazamientos forzados, de los que afirma que, si bien han estado presentes desde tiempos inmemoriales, constituyen uno de los más insoslayables y disruptivos procesos de nuestra época.

“Me parece muy bien usar la palabra humanizar, porque estamos frente a una oposición que me parece cada vez más difícil de aceptar: la existente entre una cultura de la vida y una cultura de la muerte”, afirma.

“Parecería que no queremos enfrentar los problemas difíciles de nuestra sociedad y de nuestra existencia a partir de la cultura de la vida, sino que pensamos que con armas, ejércitos, bombas y violencia podemos resolverlos, y eso es imposible. La cultura de la muerte termina llevando a la muerte y nada más.”

El reconocido filósofo uruguayo-mexicano es autor de Desplazamientos forzados: Una meditación plebeya, libro en el que reflexiona sobre “la tragedia del exilio y la migración”, oponiendo una “razón porosa” a la “razón arrogante” que criminaliza al otro.

Publicado recientemente por Herder, no es “un tratado abstracto”, sino una reflexión que conecta el exilio republicano español en el México del siglo pasado con la migración masiva de mexicanos y centroamericanos hacia Estados Unidos en el presente.

“Siempre ha habido desplazamientos forzados por violencia, guerra, deforestación, cambios de clima”, señala el pensador. “Pero justamente en nuestro siglo –y es un poco el tema del libro– los desplazamientos forzados han sido sobre todo por violencia. Es decir, las personas han tenido que partir de sus lugares porque las obligan”.

El investigador emérito del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) traza en esta nueva obra un paralelismo central entre dos experiencias: la de los intelectuales españoles exiliados en México a raíz de la guerra civil y la de los miles, millones de migrantes anónimos que hoy cruzan fronteras.

Para ello, rescata tres figuras claves del exilio español, todos filósofos: José Gaos, quien acuñó el término “transterrado” al sentirse en México como en una prolongación de España; Adolfo Sánchez Vázquez, quien siempre se definió como “desterrado”, tomando la posición política de que fue echado de su patria, y María Zambrano, para quien la vida era un constante recomenzar simbolizado en el concepto de “aurora”.

Sin embargo, Pereda (Florida, Uruguay, 1944) marca una diferencia en términos conceptuales: “en general, el exilio es algo que suele ser más cualitativo, mientras la emigración es totalmente cuantitativa, al tratarse de enormes cantidades de hombres y mujeres un poco sin nombre que atraviesan fronteras sin saber adónde llegan.

“Después de todo, Gaos, Sánchez Vázquez y Zambrano fueron recibidos en México. En cambio, los miles o millones de mexicanos que atraviesan la frontera hacia Estados Unidos no lo son, aunque van en busca de una mejor vida; sobre todo, de mejores condiciones económicas.”

Para dar voz a esa experiencia anónima, el investigador se apoya en expresiones culturales consideradas “plebeyas”: los corridos de los inmigrantes mexicanos, además de la poesía chicana. “Carlos Monsiváis decía que los corridos son novelas comprimidas”, asienta el autor.

Como parte de su obra, Pereda analiza también dos poemas de Lorna Dee Cervantes, figura chicana casi desconocida en México. En uno, la poeta, al recuperar su historia familiar, se siente a bordo de un barco que nunca llega a puerto; en el otro, al regresar a Oaxaca, padece el rechazo de aquellos que creía sus conciudadanos.

La desolación característica

Desplazamientos forzados: Una meditación plebeya se estructura en tres partes. La primera aborda esas visiones convergentes del exilio y la migración. La segunda incluye “un capítulo abstracto” sobre los desplazamientos en general y un análisis de cinco fotografías de Miguel Tovar que expresan “la desolación” que caracteriza a ese fenómeno.

La tercera parte discute teorías normativas sobre las fronteras. Aquí, el filósofo defiende una postura clara: “No se puede acusar a nadie de nada antes de tener pruebas. Por tanto, las fronteras tienen que ser en algún sentido abiertas”.

Frente a la posición actual de “fronteras cerradas”, propone recordar la hospitalidad que México ofreció al exilio de la guerra civil española, aunque matiza al aclarar que no todo fue terso en ese episodio histórico, como se ha mitificado con el tiempo. Recuerda que al principio hubo una tensión entre una parte de la sociedad mexicana que los recibió con los brazos abiertos y otra que los rechazaba.

De acuerdo con Pereda, el concepto que impregna todo el libro es la oposición entre dos maneras de usar la razón: una “arrogante” y otra “abierta, porosa”.

El propósito, explica, es evitar la arrogancia, actitud que a su decir suele mostrarse frente a los desplazamientos forzados, “como diciendo: ‘estos pobres que llegan’. Hay que tener muy presente que, en cualquier momento, cualquiera de nosotros podemos ser uno de esos que se ven obligados a ir de un lado a otro”.

Ejemplifica con el caso de José Gaos, quien era rector de la Universidad de Madrid antes de verse obligado a salir de España: “No era un hombre sin futuro, pero su vida se cortó. La vida de todos los emigrantes se corta y no es fácil asumir un recomienzo. Hay algo trágico en todo ello”.

–¿Lo dice también en primera persona?

–Sí y no, porque yo vine de Uruguay durante la dictadura, pero me tocó lo bueno: inmediatamente pude integrarme a la Universidad Nacional y ser profesor. Puedo vincularme más con Gaos, Sánchez Vázquez o Zambrano, que con esos millones de migrantes que cruzan fronteras sin saber qué les pasará. Soy más exiliado que inmigrante.

Ángel Vargas

Fuente: La Jornada