Los lirios pueden crecer en condiciones adversas. Luis Tavera encontró en esa cualidad de la flor una imagen para nombrar el proyecto con el que busca abrirse un espacio en la danza independiente mexicana, donde ocho bailarines reparten los días entre ensayos, otros empleos y el deseo de hacer del movimiento una forma de vida.
Las mañanas de El Lirio Danza Escénica transcurren en el salón de ensayo, de 9 a 13 horas. Por la tarde, sus integrantes vuelven a ganarse la vida: dan clases de ballet, salsa, gimnasia o acondicionamiento físico; uno de ellos también es actor. Ninguno puede mantenerse únicamente como bailarín.
“Tenemos que ajustar nuestra vida para poder bailar. No al revés”, explicó Tavera (Cuautitlán, estado de México, 1990), fundador y director de la compañía, en entrevista con La Jornada.
El coreógrafo imparte clases a un equipo de gimnasia en el Velódromo; una de sus compañeras enseña ballet a niñas en un club privado y otra ofrece lecciones particulares a menores. Entre los otros integrantes hay quienes dan clases de salsa o complementan sus ingresos con la actuación.
Cuando tienen una presentación, algunos deben pedir permiso en sus empleos. Vivir exclusivamente como intérprete es posible, considera Tavera, pero “muy poco probable”, debido a los escasos espacios que ofrecen estabilidad económica. Fuera de las compañías institucionales con un sueldo asegurado, la mayoría ha pensado alguna vez en abandonar la profesión.
A la búsqueda de sustento se suma otra realidad compartida por varios de ellos: la centralización de buena parte de la actividad dancística del país.
Procedentes de distintos puntos de la República, llegaron a la capital en busca de formación, trabajo y oportunidades. “Cuando queremos estudiar, la opción más viable es aquí, en la Ciudad de México. Esa es la principal razón por la que están aquí”.
Ixchel Rivera, originaria de Gómez Palacio, Durango, estuvo cerca de emprender el camino de regreso. Ante la falta de oportunidades que respondieran a sus intereses, pensaba volver a casa cuando, en 2023, encontró la convocatoria con la que Tavera buscaba conformar su primer elenco de bailarinas. Decidió quedarse.
Además de Rivera, el grupo reúne a cuatro integrantes del estado de México: Orlando Ceballos, de Toluca; Rolando Guevara; Lourdes Merlo, de Ecatepec, y Luis Tavera, de Zumpango. Completan el elenco Abraham Bailón, de la Ciudad de México; Laura Valenzuela, de Tampico, Tamaulipas, y René Mendoza, de Veracruz.
Mantener el proyecto supone otra búsqueda constante. Sus actuaciones son remuneradas, aunque el pago suele ser “más bien simbólico” y no corresponde con el esfuerzo que implica preparar cada una.
El colectivo procura apoyos, convocatorias y mejores condiciones económicas. A la par, intenta ofrecer a los bailarines un espacio donde puedan crecer en lo artístico y personal. “El mayor reto es darnos una razón para hacerlo”.
Necesidad de bailar
Después de más de una década como intérprete, Tavera quiso retratar desde su mirada los detalles del día a día. Así surgió El Lirio, cuyos primeros proyectos tuvieron un alcance “bastante modesto. Lo principal es el cuerpo, el movimiento y el ritmo”.
Frente a una disciplina contemporánea que puede volverse “autocomplaciente”, le interesa aquello que cualquiera puede reconocer: “los pequeños placeres, las cosas que nos avergüenzan, que no le decimos a nadie”.
Egresado de la licenciatura en danza de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, en 2012 ingresó al Ballet Independiente y posteriormente a La Cebra Danza Gay. Ambas experiencias lo acercaron al coreógrafo José Rivera Moya, de quien conserva una idea que ahora hace suya: entregarse al escenario “sin tapujos, sin reservas”.
El programa que presentarán el sábado está integrado por cuatro coreografías, dos de estreno. Entelequia reúne cuadros sobre el placer del movimiento, la solidaridad entre hombres y el erotismo; Tarde de cigarras aborda los pensamientos autodestructivos y el deseo de ser visto pese a las propias carencias.
En Gestos de adiós, Tavera aborda el duelo, la pérdida y el miedo a dejar atrás aquello que formaba parte de la identidad personal. Sones y claveles cierra el programa con una propuesta influida por la música y la estética del folklor veracruzano, con referencias a las imágenes religiosas, la figura materna y el matriarcado latinoamericano.
La razón para continuar aparece, finalmente, en la necesidad misma de bailar. “Creo que los que hacemos danza justamente lo hacemos porque necesitamos hacerlo. Es un deseo de realización humano, muy personal y tan básico como respirar o comer”.
El Lirio Danza Escénica se presentará el sábado a las 19 horas en el Teatro Varsovia, ubicado en Varsovia 9, colonia Juárez, alcaldía Cuauhtémoc. El boleto cuesta 250 pesos.
Daniel López Aguilar
Fuente: La Jornada
