Monasterio de Jokhang, vibrante crisol de cultura y espiritualidad

Xizang. Coros de mantras, ondear de banderas multicolores en lo alto, algarabía de niños, sus madres, sus hermanos en rondas infantiles. La muchedumbre vocifera alegremente. Estamos frente al pórtico del monasterio de Jokhang, declarado en el año 2000 patrimonio de la humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, al igual que el palacio de Potala, dos de los referentes culturales más importantes del Tíbet.

El monasterio de Jokhang fue construido por el rey Songtsen Gampo en el año 642. Tanto Bhrikuti como Wencheng, las esposas nepalí y china del rey, aportaron numerosas imágenes budistas que trajeron desde India y fueron instaladas en este templo. 

Entre éstas, la pieza más importante es la imagen de Jowo, el joven buda, de la que se dice que fue esculpida en vida de Siddhartha Gautama, el príncipe que logró la iluminación y fundó el budismo. Es el buda Shakyamuni, el Sabio de los Shakyas, el Despierto.

El monasterio de Jokhang tiene cuatro pisos y tejados cubiertos con azulejos de bronce dorado. En el tejado, dos estatuas de ciervos color oro flanquean una rueda de dharma (símbolo de la ley budista y del orden universal).

Afuera, en la calle de Barkhor, esa famosa ruta circular, centro comercial milenario y corazón cultural del casco antiguo de Lhasa que rodea el templo de Jokhang, transitan los peregrinos. Algunos realizan postraciones, consistentes en juntar las manos, arrojarse al piso, deslizar las palmas hasta quedar horizontales boca abajo, levantarse y repetir la caída varias veces. Lo hacen tantas veces que necesitan guantes especiales y rodilleras. Impresionan.

Templo adentro, encontramos los murales milenarios protagonizados por antiguos budas, las columnas de madera esculpidas con cabezas de animales fantásticos; afuera, las banderolas ondean al viento.

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Foto Pablo Espinosa

Hay una energía muy fuerte que se respira, se palpa, se palpita. Milenios de mantras recitados en coros, inciensos desparramados por todas las habitaciones hasta escapar por las ventanas hacia las alturas.

En algunas de las suntuosas estancias, sobre cojines en el suelo, monjes en flor de loto y túnicas púrpura meditan como solamente hacen los grandes maestros: se balancean imperceptiblemente mientras de sus labios sale repetido incesantemente el mantra superior: om mani padme hum. Esa energía acumulada durante milenios se percibe en nuestro cuerpo que vibra, en nuestra epidermis que se eriza, en nuestros ojos que se cierran y observan nuestro interior como nunca lo habíamos visto.

Afuera: sol, nubes, montañas.

Decenas de capillas rodean el Salón del Buda, un laberinto donde nos perdemos y nos encontramos con Avalokiteshvara, la bodhisattva de la compasión con sus mil brazos dispuestos a brindar ayuda a quien la necesite. Una bodhisattva es un ser que voluntariamente detiene el instante previo a la iluminación para mantenerse en un estado intermedio y estar así cerca de la humanidad para ayudarla.

Junto a la capilla de Avalokitesh-vara está la de Amitabha, el buda del pasado, y junto, la de Qamba, el buda del futuro. Hay algo en el ambiente que nos eleva aún más y nos concentra en una suerte de estado de gracia. Es la presencia, en el interior del templo de Jokhang, de las apsaras, seres celestiales, espíritus femeninos asociados con nubes y agua. Son ninfas, hadas. Danzan. Son esposas de los gandharvas, integrantes de la corte de los músicos, comparables con las musas de la antigua Grecia: Urvashi, Menaka, Rambha, Tilottama, Ghritachi. Junto a ellas, en las alturas de las paredes del templo, hay figurines de animales y plantas. Esfinges.

Hay más de 3 mil imágenes del Buda dentro del templo en su construcción trapezoidal, que también alberga una colección muy importante de sutras, que son aforismos en forma de manual que concentran el conocimiento budista y fueron traídos a este templo hace miles de años por la princesa Wencheng.

Al recorrer los laberintos interiores del templo, uno se topa con escenas de encanto y misterio. También, con escenas cotidianas, como la de un joven que de repente se desprende de su mochila y se sienta en el suelo, cierra los ojos y se pone a meditar.

Hay una sensación de ensueño, una convicción de historia y de significados. Entre el murmullo de la multitud visitante al templo, el bajo continuo de monjes budistas entonando mantras con voz profunda y grave, el olor del incienso y las velas, uno percibe una manifestación de algo hondo, vibrátil, energético y real: es el mundo a punto de revelar sus misterios.

Pablo Espinosa, Enviado

Fuente: La Jornada