Madrid. La cantante y escritora Patti Smith convirtió la gala de entrega de los premios Princesa de Asturias 2026 en un alegato por la vida, por la defensa de la tierra, por la lucha por un mundo mejor. En su discurso de recepción, proclamó: “Somos el mundo que nos rodea. Podemos ser la revolución de la Tierra”.
La ceremonia se celebró en el teatro Campoamor de Oviedo, capital de Asturias, y estuvo presidida por los reyes de España, Felipe VI y Letizia, y la princesa Leonor, responsable de entregar los premios a figuras tan destacadas como el escritor británico Julian Barnes (Letras), la astronauta estadunidense Christina Koch (Concordia), el futbolista argentino Leo Messi (Deportes) y al representante del japonés Estudio Ghibli (Comunicación y Humanidades), que acudió a recibirlo con un Totoro de peluche.
Uno de los momentos más esperados de la ceremonia solemne fue cuando se dirigió al atril la icónica artista estadunidense, que en días recientes dio conciertos, se sumergió en la realidad asturiana, sobre todo con los más jóvenes y hasta cantó con un coro de 3 mil personas su tema ya clásico People Have the Power.
Vestida con un traje negro con chaleco y una camisa blanca, con el pelo suelto después de llegar a la ceremonia con dos trenzas a medio hacer que decidió quitarse, Patti Smith agradeció el galardón con un discurso y con música, al improvisar una interpretación a capela de su canción Wing (Ala).
Patti Smith se dirigió al auditorio y de forma cariñosa a sus dos hijos, Jesse y Jackson, que le acompañaron durante estos días, para hablar en nombre de todos los galardonados, que “han contribuido a mejorar el bienestar del mundo y de las personas; son referentes que promueven la alegría, protegen el medio ambiente, exploran con audacia, defienden los derechos humanos, incentivan la curiosidad intelectual y constituyen una fuente de orgullo”.
Después habló sobre el momento en el que le llega este premio, a punto de cumplir los 80 años: “Un reconocimiento así, en mi opinión, nos permite detenernos un instante a reflexionar sobre lo que hemos logrado en la vida hasta ahora. Pero, ya cerca de cumplir 80 años, creo que el premio es un incentivo para seguir trabajando y evolucionando, para encontrar nuevas formas de ayudar del mejor modo posible a la gente y dar esperanza y estabilidad a las nuevas generaciones”.
Remató su discurso con un mensaje de esperanza. “Todos los que estamos aquí, en este salón, estoy segura que hemos sentido en nuestras misiones particulares e individuales momentos maravillosos, en los que hemos sentido que hemos logrado algo, pero también hemos sentido la frustración de la decepción, el picor de la derrota, y sin embargo aquí estamos todos. Hemos seguido adelante. Por eso ya hemos hablado mucho de la gente, de la comunidad, hemos cantado aquella canción que escribimos mi marido y yo, People Have the Power, que incluye las palabras que todo aquello con lo que soñamos puede hacerse realidad mediante nuestra actitud de unidad. Somos el mundo que nos rodea. Podemos ser la revolución de la Tierra”.
Finalmente, cantó su canción Wing, que incluye versos tan certeros para un día como este: “Yo era un ala en el cielo azul / Surcaba sobre el océano / Surcaba sobre España / Y era libre / No necesitaba a nadie / Era hermoso”.
Sobre el “progreso inevitable”
El escritor británico Julian Barnes también dio un discurso, en el que reflexionó sobre la evolución de la humanidad y esa idea del “progreso inevitable”: “Era una presunción tácita, basada en el hecho de que todo lo demás en el mundo también había progresado: la ciencia, la tecnología, la sociedad, la política… Y lo mismo tenía que haber sucedido con las artes. Nos las enseñaban cronológicamente, y la mera cronología implicaba un avance: primitivismo, clasicismo, romanticismo, realismo, naturalismo, impresionismo, simbolismo y, al final, el modernismo y el posmodernismo, etcétera. Y más novedoso significaba mejor”.
A partir de esa idea desarrolló su contrargumento: “Las artes pueden dar la impresión de progreso, aunque a menudo expresan versiones nuevas de verdades antiguas. Cuando el impresionismo estaba en boga en París, Renoir visitó España y acortó su visita por la razón siguiente: cuando miras a Velázquez te das cuenta de que todo ya está dicho”. Así que, añadió: “Ya no pienso que las artes sean progresivas y que cada evolución mejore la precedente. Prefiero pensar que todos estamos sentados ante una enorme mesa redonda, quizás en una venta manchega, hablando entre nosotros de nuestro trabajo en el curso de los siglos: imagino que Renoir le pregunta a Velázquez cómo demonios pintó sus cuadros, que Voltaire rectifica el desdén que profesaba antaño a Shakespeare, que Flaubert (que se describe a sí mismo como ‘un viejo romántico’) manifiesta su veneración por Cervantes y también, quizá, pone mala cara a ese inglés, sentado ahí en un taburete, que tuvo la insolencia y la locura, un siglo después de muerto el autor francés, de escribir un libro titulado El loro de Flaubert”.
El resto de los premiados también vivieron con mucha emoción la ceremonia, entre ellos el futbolista argentino Leo Messi, el historiador Timothy Garton Ash, el estudio de animación del cinematográfico Studio Ghibli, la astronauta Christina Koch, los representantes de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, banco subterráneo de semillas situado en una isla noruega, que ganó el premio de la Cooperación Internacional, y los científicos David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer.
Los premiados abandonaron el recinto mientras escuchaban las tradicionales gaitas asturianas.
Armando G. Tejeda, Corresponsal
Fuente: La Jornada
