Bernardo Rosendo Ponce, el artista / Elena Poniatowska

Olinalá es un pequeño municipio que se encuentra en la región de la Montaña de Guerrero, que actualmente tiene el reconocimiento de Capital Mexicana de las Lacas, técnica artesanal que nos heredaron las culturas prehispánicas y que ha perdurado a través de los siglos al mezclar aceite de chía, tierras y minerales tradicionalmente conocidos en la lengua náhuatl como tóctetl, tesicaltetl y tecoxtle.

Con esta técnica se da vida y color a infinidad de objetos de madera que provienen del árbol de linaloe: charolas, baúles, guajes, cabeceras, marcos para espejos que reflejan la maestría de un arte vivo en el que aparecen flores, aves del paraíso, colibríes, venados y otros dibujos ornamentales.

Al abrir una cajita de Olinalá se dispersa el perfume original de la madera que es dulce y fresco. Las lacas o maques de Olinalá y Temalacatzingo son unas de las más grandes manifestaciones del arte popular de nuestro país.

En Olinalá, Guerrero, vive el artista Bernardo Rosendo Ponce, creador de una nueva propuesta que emplea la técnica del esgrafiado en laca de Olinalá, con instrumentos tradicionales: espinas de maguey insertadas en plumas de aves sobre lienzos de gran formato. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México y en otros países de América, Asia, Europa y Medio Oriente. Actualmente, dirige el Instituto de Capacitación para el Trabajo del estado de Guerrero (ICAT).

–Mi nombre es Bernardo Rosendo Ponce, soy originario de Olinalá, Guerrero. Comencé a pintar desde muy niño, por afición. Desde hace 35 años vivo del arte. Empleo la técnica ancestral de laca de Olinalá sobre madera porque una pintora polaca que vivía en Nueva York llegó a Olinalá con el cura del pueblo. Joanna Sudra era pintora y vino atraída por estas técnicas ancestrales. Empezó a retratar de manera muy rápida; parecían bocetos del señor con el burrito cargado de leña para vender los domingos en el mercado, de la señora que llevaba sus cazuelas, de niños jugando con un perrito. Estuvo en el pueblo poco más de un año y se fue. Convivió con los artesanos. Me parece que tuvo una afinidad religiosa con el cura Héctor Moyao, quien fue a Nueva York para atender un tema de salud y ahí la conoció en un acto religioso.

“Los polacos y los mexicanos tienen en común el catolicismo. El cura la invitó a Olinalá. Ella vino a hacer una serie de obras que después expuso en Nueva York con mucho éxito. Yo era un niño cuando ella se fue, nunca la conocí. Eso fue hace 53 años. Yo sí hubiera querido conocerla para que supiera que su paso por mi pueblo dejó huella. Mi trabajo es producto de su influencia.”
–¿Por qué lo asegura, Bernardo?

–Porque ella me inspiró, me marcó. Los artesanos dibujan conejos, venados, colibríes, y, siendo niño, vi una representación de la Última Cena usando de modelos a los indígenas de Olinalá; era una obra de Joanna. Sobre un petate, en lugar de una mesa, puso en el centro a Cristo; en lugar del pan, el chiquihuite de tortillas; en lugar del vino, una jarra con pulque; una salsa de chile criollo, una olla de frijoles. Al fondo, el metate donde se hacen las tortillas y una olla para el agua, y hasta un perro xoloitzcuintle. Joanna Sudra también hizo un San Francisco de Asís, el santo patrón de Olinalá. Esas pinturas me marcaron. Tengo un original de ella, un Adán y Eva. También hizo un paisaje de mi pueblo. Cuando decidí vivir del arte me olvidé de pinceles y colores y empecé a dibujar como Joanna Sudra con nuestras técnicas.

–Como si hubiera sido su maestra.

–Fue una inspiración, fue un ejemplo. A mí no me hacían caso, yo tenía escasos ocho, nueve años. Joanna Sudra era una veinteañera, pero no recuerdo su rostro, por eso la pintamos de espalda dibujando la Última Cena.

–Quizás en la embajada de Polonia haya fotos de ella.

–Me gustaría rastrear la historia de Joanna Sudra, pero en Olinalá no tenemos más que sus obras. Esta artista polaca vio con otros ojos algo que nosotros tenemos, pero que luego no valoramos. Ella nos enseñó a reconocer una técnica maravillosa, la innovó y la dignificó. No sólo es hacer dibujitos en una jícara, en una charola, en una cajita; ella abrió todas las posibilidades. La iglesia de mi pueblo se empezó a decorar con artesanía local, con todos los motivos tradicionales, las columnas, los altares. Fue una manifestación artística en Olinalá. Yo trato de hacer un homenaje al recuerdo de Joanna Sudra.

–Recuerdo también que el platero estadunidense William Spratling se instaló en Taxco y vivió el auge de la platería; ayudó muchísimo a los habitantes a mejorar sus técnicas.

–Está el Museo de Spratling. Dejó un gran legado, porque hay muchos orfebres de Taxco que hacen verdaderas obras de arte.

“Me acaban de conceder el honor de ser el recipiendario de la presea Sentimientos de la Nación, del Congreso de Guerrero, fue sorpresivo para mí. La presea la hacen los orfebres de Taxco, es de plata, muy grande y muy bonita.”
–Y a usted, Bernardo, ¿qué es lo que más le gusta pintar?

–Retratos de personas. Hice el de tres Papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Al papa Francisco pude entregarle el cuadro personalmente durante su visita a Ecatepec, en el estado de México. He hecho los cuadros de algunos dignatarios: el jeque Zayed, Evo Morales, el presidente Bukele, de El Salvador. Llevé a La Habana un retrato de un Fidel Castro joven que está en el Instituto Fidel Castro. Hice el retrato de Andrés Manuel López Obrador, de Vicente Fox, de Enrique Peña Nieto; generalmente son trabajos por encargo. A la embajada de Japón llevé un retrato de Octavio Paz. También hice uno de Emiliano Zapata.

–Emiliano Zapata es muy querido. Todo el Taller de Gráfica Popular hizo muchos Zapatas: Leopoldo Méndez, Alberto Beltrán, Andrea Gómez, Mariana Yampolsky.

–Zapata nos fascina a todos los mexicanos. Su asesinato lo convirtió en un mito. Yo lo estilizo bastante; a la gente le gusta mi versión de Emiliano Zapata. Morelos también es un personaje que está muy presente en mi obra. Tengo muchos grabados de él; también Benito Juárez, Vicente Guerrero. Precisamente, en mi estado, mucha gente anhela tener un retrato de este personaje. También me han pedido del maestro Lucio Cabañas o del guerrillero Genaro Vázquez. En fin, lo que a mí me gusta hacer es eso: rostros. Creo que es lo que más disfruto, lo que mejor me sale. La técnica es en sí un reto, porque no puedes borrar y tienes que hacer el dibujo con un trazo muy seguro, muy preciso y rápido, porque la técnica sólo me da ocho o 10 horas máximo para que pueda hacer el retrato. Hay rostros que son más complicados para plasmar su personalidad, o sea, la sonrisa o la mirada. Elena, ¿recuerda usted a Juan Andreu Almazán?

–Sí, él quiso ser Presidente de la República Mexicana en 1940. Conocí a mucha gente que le tenía devoción.

–Fueron elecciones bastante controvertidas, a decir de la prensa nacional e internacional. Almazán ganó; ése fue el primer gran fraude electoral de los tiempos posrevolucionarios. En Olinalá es un gran héroe. Acabo de donar un terreno para hacer un museo que lleve el nombre del general, donde se expongan las lacas de Olinalá y que se cuente la vida y obra de Almazán.
–¿Por qué se empeña en esta tarea?

–Porque es una zona olvidada, alejada, la Montaña de Guerrero, la más pobre. Quiero que los jóvenes vean que gente de allá, con mucho esfuerzo, dedicación y perseverancia, pueden llegar hasta donde él llegó.

Método innovador
–¿Ha hecho retratos de mujeres?

–Sí, hice uno de Gabriela Mistral. Estuve en la Universidad de la Purísima Concepción, en Chile, hace 20 años, para llevar el retrato de la poeta. El historiador Daniel Cossío Villegas regaló unas cajitas de Olinalá a Gabriela Mistral, y le fascinaron. Ella comentaba que más que la decoración, el aroma la marcó. La memoria olfativa es mucho más fuerte que la visual. Fue un agradecimiento, porque ella escribió un poema llamado “La cajita de Olinalá”, y estuvo en los libros de texto de México y de Chile.

“Lo que distingue a mi obra de la de otros pintores es que en ella se utilizan elementos de origen prehispánico, precolombino. Es una técnica actual e innovadora. Conozco muchos grabadores y todos tenemos algo de influencia de quienes nos anteceden desde el artista José Guadalupe Posada. Yo me olvidé completamente de pinceles y colores. Estuve un tiempo en La Esmeralda, muy poco, en realidad, por eso me considero autodidacta; la técnica que uso requiere de mucha práctica para dominarla y no dañar la superficie. Se necesita disciplina, dedicación. Trabajo con espinas de maguey y de huizache insertadas en una pluma de guajolote para quitar la rebaba. No podemos soplar, porque la saliva puede caer en la superficie y provocar una reacción química que manche la obra, que tiene que ser tersa, perfecta.”
–Bernardo, ¿cómo se ha preservado la tradición de esta técnica artesanal?

–Hace más de 30 años estuvo en serio riesgo de perderse el arte del laqueado, porque los hijos de los artesanos no se querían dedicar al oficio, ya que no daba para vivir. Tengo ahorita en Olinalá una escuela que depende del gobierno, donde capacitamos para elevar la calidad.

“He estado trabajando para el tema de la denominación de origen de las lacas de Olinalá, actualizada con la declaratoria del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial en julio de 2022, para obtener la certificación que nos permita elaborar productos con calidad internacional y que el artesano reciba mayores beneficios.”

Elena Poniatowska

Fuente: La Jornada