Todos los días, Silvia García Castañeda mira a la muerte de frente. Desde su trabajo como tanatóloga, acompaña a personas que dejan este plano terrenal: “es una bendición poder cerrarle los ojos a una persona fallecida y estar en su final de vida. Así quiero yo, morirme en paz rodeada de mis hijos y mi esposo”.
La semana pasada, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) aceptó revisar y estudiar el amparo 147/2026 que Silvia de 69 años, diagnosticada con cáncer de mama, presentó contra la prohibición de la eutanasia y la muerte médica asistida (MMA). Desde el máximo tribunal judicial de México, intenta que la ministra Lenia Batres declare inconstitucional la prohibición de la eutanasia prevista en la Ley General de Salud y en el Código Penal de la Ciudad de México.
Ante el agresivo cáncer que padece, Silvia decidió convertirse en doula de fin de vida, para apoyar a otros pacientes en el último capítulo de su vida: “Eso me ayuda a enfrentar mi propia muerte. Y acompañar a esas personas me ofrece la oportunidad de apoyarlas. Amo la vida. Pero con mi diagnostico me enfrento de cara a la muerte y quiero morir en paz, sin dolor, sin sufrimiento. Tengo derecho a ejercer mi autonomía y mi dignidad”, dice en entrevista con La Jornada, la primera que ofrece a un medio de comunicación.
Apoyo de senadores
Esta lucha judicial y humanista, también la encabeza Samara Alejandra Martínez Montaño, paciente terminal que encabeza la iniciativa ciudadana ley trasciende respaldada por senadores de distintos partidos políticos, la cual propone incorporar el término “eutanasia” a la Ley General de Salud y derogar su artículo 166 Bis 21 que la prohíbe.
“La eutanasia clandestina sucede todos los días en México. Sucede en la mayoría de los hospitales, en las casas. He tenido muchos ofrecimientos de doctores que la hacen. En mi caso, la muerte está a la vuelta de la esquina. La ley trasciende es una lucha de amor por el buen morir. Hay gente que no puede entender amor y muerte, pero yo veo todo lo contrario. Veo libertad. No se lo que es vivir sin dolor”, dice Samara, también en entrevista con este medio.
Mientras esperan una muerte digna, Silvia y Samara se reúnen en el “Death Café” (Café de la muerte), un espacio de diálogo para intentar reducir el tabú sobre este tema con otras personas interesadas en conversar sobre la voluntad anticipada, el duelo, el envejecimiento, las enfermedades y las posibilidades que anhelan tener al final de sus vidas.
Cuerpos minados
Silvia superó el cáncer de mama con tratamiento, pero 20 años después le diagnosticaron la misma enfermedad, está vez más agresiva y con más carga de células cancerosas: “Es ahora cuando pienso en la decisión que tomé cuando vi morir a mis familiares. Me sometí al tratamiento y seguí todo el protocolo y el cáncer ha vuelto”.
Añade: “Acompañé a mi papá y mi hermana en el proceso de enfermedad del cáncer y su muerte. Ellos fueron mis primeros maestros. Cuando vi todo el dolor y sufrimiento con el que se fueron, el día que me diagnosticaron la primera vez con cáncer de mama, pensé que sabía que tenía qué hacer. No quiero morir como ellos. Ya me sometí a todos los tratamientos y quimioterapias, pero siempre teniendo presente que eso me puede llevar a mi propia muerte”.
Cuenta que se especializó en tanatología para acompañar a personas que están transitando con sus propios procesos de muerte: “Es lo único que puedo ofrecerles: mi acompañamiento, mi respeto. Les ayudo a dejar todos sus asuntos resueltos e irse en paz”.
Dice que ha sido testigo de cómo la mayoría de los pacientes que son diagnosticados con una enfermedad se someten a múltiples procedimientos agotando todas las alternativas con la esperanza de recuperar su salud y de conservar su vida.
“Pero también he presenciado el deterioro de su calidad de vida. He visto cómo dejan de ser personas para convertirse en cuerpos minados a los que sólo hay que alimentar, asear, curar esas heridas que se producen por mantenerse en cama durante meses. Tras una lucha incansable, la mayoría de las personas terminan rindiéndose ante su dolor”.
Es en ese tránsito, donde Silvia comenta que los enfermos son desatendidos porque en México no existe una ley que permita la muerte médicamente asistida: “se imponen dogmas ajenos. Tenemos un completo desconocimiento de la muerte, es un tema tabú”.
“No es una rendición”
Contrario a lo que podría esperarse, Samara, con 31 años, es una persona llena de entusiasmo en su lucha por la legalización de la eutanasia. Su entereza es sorprendente. Sonríe en todos sus videos publicados en redes sociales para concientizar sobre la necesidad de tener una ley de salud que incluya la eutanasia y para invitar a la marcha a favor de la muerte digna el próximo 28 de agosto.
Lleva la mitad de su vida con problemas de salud. Padece varias enfermedades crónicas degenerativas desde los 17 años. Cuatro años después, le diagnosticaron Lupus eritematoso sistémico (LES), una enfermedad autoinmune crónica que destruye los órganos. A su vez, esto le ocasionó una enfermedad terminal en los riñones llamada glomeruloesclerosis con insuficiencia renal crónica.
Samara se ha convertido en la primera paciente que lucha por legalizar la eutanasia: “Puedo durar años viviendo conectada a una máquina. Me trasplantaron, perdí el trasplante e inicié hemodiálisis y me conectaban tres veces a la semana a una máquina.
“Duré 2022 y 2023 en hemodiálisis esperando un segundo trasplante, pero empecé a perder las funciones como dejar de orinar, algo que implica no poder tomar líquidos; dejé de menstruar, empecé a perder cabello por el lupus. En resumen, he empezado a ver cómo mi cuerpo se marchita”.
El segundo trasplante de riñón llegó en diciembre de 2023 y estuvo hasta junio de 2024 esperando que su cuerpo lo aceptara: “Después de siete meses de estar en hospitales perdí el órgano y presenté rechazo crónico moral activo. Ya no hay más qué hacer, solo que me dejen de por vida conectada a una máquina”.
Comenta que actualmente la mantiene viva la diálisis peritoneal, una máquina a la que se conecta 10 horas diarias a sabiendas que no hay más qué hacer porque no es candidata a un tercer trasplante: “Ya agoté todas mis oportunidades médicas y lo que sigue es un deterioro natural. El promedio de vida que me dan es de cinco años y acabo de cumplir dos así.
“No es una rendición. Me voy a morir, quizá no llegue a los 35 años y está bien, esto me tocó vivir, pero no quiero morir intoxicada ni en las condiciones que he visto fallecer a mis compañeros de enfermedad. Pienso en la eutanasia, repito, no a manera de rendición, sino para dignificar mi vida. Quiero despedirme como lo merecemos todas las personas que llevamos años luchando contra enfermedades así”.
Amar la vida
Tanto Silvia como Samara dicen amar la vida, lo único que piden es poder decidir evitar el sufrimiento provocado por sus graves enfermedades. Ambas reconocen que el aspecto religioso es un elemento que ha ido retrasando la muerte digna.
“Quiero irme antes de que venga el declive de mi cuerpo. Decir ‘hasta aquí’. Me amo tanto y amo tanto a la vida que, amar la vida, implica amar la muerte. No quiero verme tirada en una cama esperando a que lo inevitable llegue”, dice Samara al recordar que la insuficiencia renal es la novena causa de muerte a nivel mundial.
Dice que todos los días se enfrenta a la lucha cotidiana contra su cuerpo enfermo y también contra todo un sistema político, sociocultural, cristiano, católico y de salud quebrantado, para luchar por sus ideales.
“Los principales comentarios de odio vienen de los religiosos, aunque no es tan fuerte como pensé. Una de sus luchas es el amor al prójimo y la compasión. ¿Por qué criminalizan la compasión? Ésta será una ley para quien guste tomarla, no para imponerla. Es decirle al mundo que no está mal no querer morir agonizando. Se vale empoderarnos de nuestra propia muerte. Además, nuestro sistema de salud no puede ni tiene el presupuesto necesario para atender los casos de enfermedades crónicas degenerativas”.
Samara ofrece su vida para empujar la ley trasciende: “La enfermedad me ha quitado muchas cosas y no me va a arrebatar el poder irme dignamente. Mi plan es ver la playa por última vez y trascender con mucho amor en compañía de mi familia”.
El amparo y la esperanza
Silvia se prepara para la resolución de su amparo ante la SCJN. Comenta que la eutanasia es ya una realidad en el país, aunque se lleva a cabo en hospitales privados en condiciones económicas altísimas, mientras la mayoría no puede acceder a una muerte asistida así, sólo en un contexto de ilegalidad y de inseguridad, dejando a las familias en una pobreza extrema debido al pago de sus tratamientos médicos:
“Es una injusticia social lo que pasa actualmente. Y con el amparo, por primera vez, el Estado me está respetando mi autonomía, mi dignidad al analizarlo y mi derecho a decidir cómo y cuándo morir”.
Dice que su esposo y sus dos hijos la apoyan en su decisión: “No significa que al tener un amparo decida irme. Amo la vida y amo mi trabajo de con pacientes en sus finales de vida. Es solo que me gustaría poder elegir hasta dónde puedo soportar mi enfermedad.
“Muchas personas piensan que al legalizarse la eutanasia se van a formar las personas para morir. Y no es así. Decidir cómo irte es un acto de gran valor. Ojalá que el Estado pueda verlo. No es que queramos morirnos, simplemente queremos tener la garantía de poder decidir”.
Y termina recordando que ha ayudado a tantas personas en sus finales de vida que ya perdió la cuenta. Dice que enfermedades como el cáncer finalmente destruyen a los pacientes: “Eso ya no es vida. Un paciente me dijo: ‘yo quiero dejar de ya no vivir’. Es terminar la vida y poder volver a rencontrarnos en algún lugar”.
Sanjuana Martínez
Fuente: La Jornada
