La pintora Tamara de Lempicka, figura del art déco, hizo de su vida un territorio difícil de descifrar. Alteró su edad, ocultó su ascendencia judía y sostuvo distintas versiones sobre su pasado.
Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) llegó a ella por otro camino, la capital morelense. “Si ella no hubiera vivido en Cuernavaca, quizá no me hubiera interesado por su biografía”, explicó en entrevista con La Jornada a propósito de su nueva novela, Tamara, publicada por Planeta.
Tres años de investigación le mostraron la posibilidad de recorrer buena parte del siglo XX desde la vida de una mujer a quien “el vendaval de la historia” golpeó varias veces e hizo que perdiera todo. Lempicka pasó de la riqueza y la opulencia de la aristocracia a la pobreza en París, donde comenzó a pintar para sostenerse.
Al escritor también le interesó la libertad con la que vivió su sexualidad. “Me parece una figura interesantísima desde el punto de vista histórico y sexual”. La artista asumió su bisexualidad desde los años 20 del siglo pasado, e hizo de su existencia “un ejercicio permanente de libertad”; el deseo y el erotismo formaron parte de su sello pictórico.
Conforme avanzó en la búsqueda, advirtió que Lempicka había hecho de su biografía una ficción. “Tamara se hizo la novela de su vida y yo voy escribí la novela de la novela de Tamara”.
La fascinación llegó a tal punto que recurrió a una imagen extrema. “A veces a los novelistas históricos nos da el síndrome de Estocolmo: nos secuestra el personaje”. Hubo un momento en que la pintora terminó por sobrepasarlo. “Me enamoré del personaje y seguí investigando”.
En ese proceso entró en contacto con la cineasta estadunidense Julie Rubio, directora del documental The True Story of Tamara de Lempicka & The Art of Survival. Los hallazgos reunidos durante ese trabajo obligaron al novelista a revisar el libro.
“Tamara no se quitó uno ni dos años: se quitó ocho. Es muchísimo tiempo y cambia mucho la cronología”. La corrección no podía limitarse a las fechas. “No es nada más ir a un capítulo y cambiarle la edad; tienes que cambiar la personalidad”.
Otro hallazgo tocaba sus orígenes. Un historiador entrevistado por Rubio localizó, según Palou, la tumba de Clementine, abuela de la pintora, en un cementerio judío de Varsovia. Lempicka había mantenido oculto su judaísmo.
Las contradicciones que encontró durante la investigación resultaron centrales para el personaje literario. “El verdadero novelista trabaja en estos dos polos. Sí es egocéntrica, pero es supergenerosa. Tamara es esto y Tamara es lo otro”.
Detrás del glamur, el deseo y la libertad, el escritor encontró una faceta menos visible. “Lo que descubrí, finalmente, fue una mujer siempre muy sola”.
La infancia, un primer matrimonio fallido y la relación con su hija, Kizette, forman parte de ese aislamiento. En Estados Unidos, Lempicka llegó a presentarla como su hermana, y durante años negó públicamente que fuera su hija. “Nunca pudo realmente ejercer con ternura su maternidad”.
La construcción de la protagonista planteó también un desafío literario. Los últimos años de la pintora en México aparecen en primera persona y dialogan con episodios anteriores narrados en tercera. Esa voz ofrecía “una profunda libertad” para escuchar a Lempicka en la vejez, “irónica, sabia”, mientras discute sobre la fe, el arte y el amor.
El contrapunto tenía un riesgo. La densidad histórica del pasado podía imponerse al presente mexicano si ambas voces no alcanzaban un peso semejante. Ante ese problema, el autor volvió a Antón Chéjov, a quien identificó como el escritor favorito de Lempicka. Dejó por un tiempo el manuscrito y releyó sus cuentos. Ahí encontró “un tipo de lirismo, de poesía de lo cotidiano sin grandes descripciones” que le permitió trabajar la tercera persona.
Cuernavaca sostiene buena parte del relato. Para el novelista, la ciudad de los años 70 era “el territorio de la libertad absoluta”, donde “podías amar a quien quisieras; nadie te decía nada”. A esa libertad se sumaba una “gran convivencia intelectual” entre artistas, escritores y expatriados.
En ese paisaje aparecen figuras como Iván Illich y Sergio Méndez Arceo. Al referirse a esos personajes, comparó su oficio con el de un director de cine que reúne un elenco para provocar reacciones en el protagonista. Cada uno permite al lector descubrir facetas de Lempicka vinculadas con la fe, el amor, la vida y el cuerpo.
Cuando Cuernavaca era una fiesta, subtítulo de la novela, hace un guiño a París era una fiesta, de Ernest Hemingway. La pintora conoció los “años locos”, primero en París y décadas después en la ciudad morelense.
“Cuernavaca era una fiesta, pero una fiesta en el sentido de complicidades, de conversaciones”. También había “todos los excesos posibles”, aunque ocupaban un lugar secundario frente a lo que consideraba esencial. “Lo más importante es ese ambiente irrepetible”.
El trabajo de investigación obligó a Pedro Ángel Palou a restructurar buena parte de la cronología y dejó una convicción sobre la ficción histórica. “El novelista, aunque no es un historiador formal, debe tener mucha humildad para trabajar con las fuentes”.
Tamara se presentará el 16 de octubre en la Feria Internacional del Libro (FIL) Zócalo Ciudad de México y el 5 de diciembre en la FIL de Guadalajara.
Daniel López Aguilar
Fuente: La Jornada
