El 7 de marzo de 2020, antes de que el mundo se encerrara a cal y canto ante la amenaza de la pandemia del covid, jóvenes feministas mexicanas recorrieron las calles de la Ciudad de México con una canción llena de fuerza y esperanza que pronto se convirtió en un himno contra la injusticia: Canción sin miedo, escrita por la joven compositora Vivir Quintana, originara de Francisco I. Madero, Coahuila, quien fue galardonada con el Leading Ladies of Entertainment en 2024.
La cantautora apuesta por el amor sano en sus canciones y no por una “dependencia tóxica”, en la que privan celos, reclamos y violencia. Su cara redonda y su sonrisa alegre contrastan con su fuerte voz.
–Mis padres son profesores jubilados: mi papá, Tomás Quintana, se especializó en matemáticas, y mi madre, Gloria Soledad Rodríguez, maestra de geografía; tengo dos hermanos: Tomás, el mayor, y Luis, el menor. Yo soy la de en medio.
–¿Cuándo empezó su interés por la música?
–Desde muy niña quise dedicarme a cantar sin saber que podía hacer carrera. Mi padre tenía una tornamesa de discos de vinil. La ponía en el patio y hacía unas pegazones de cables para conectar una bocina en cada esquina. Casi siempre el domingo era cuando más tiempo tenía para estar en casa.
–Enseñar es muy noble.
–En las vacaciones largas de verano, a mis 10 años, dije que quería estudiar canto y teclado. Mi hermano mayor quiso estudiar computación porque estaba de moda. La única escuela para estudiar música se ubica en Torreón, que nos quedaba a una hora; entonces los sábados me llevaban a la escuela Gonher, y me sentaba frente a un órgano de doble teclado a practicar. Un día mi papá me compró un teclado viejo, viejo, viejo, que se escuchaba medio mal, pero lo agradecí, porque ya podía estudiar en casa.
–¿El canto también lo descubrió en esas vacaciones?
–Yo no sabía que podía cantar ni que tenía voz. Veía el programa Siempre en Domingo y decía: “me encantaría hacer eso un día”. En sexto de primaria, el profesor de educación artística, Hugo Granados, anunció: “va a haber un concurso de canto, ¿quién quiere participar?” Muchos levantaron la mano como un juego, pero para mí fue una oportunidad inmensa, aunque no levanté la mano, porque sentí inseguridad. El profe nos animó: “aunque no sepan cantar”. Me atreví y canté Cucurrucucú, de Lola Beltrán, porque la ponían mis papás en la casa. Después de escucharme, el profe Hugo me dijo: “tú cantas, tú entonas”. Pensé: “sabrá Dios qué es entonar”. Esa fue mi primera participación en público y gané. Nos fuimos a Torreón a la siguiente etapa del concurso. Yo decía: “ya soy grande, ya tengo 11 años, voy a Saltillo sin mis papás”. Canté en el cine Palacio, no gané, pero fueron a verme mis papás, mi hermano, una tía, el tecladista, el director de la primaria, la subdirectora… todos. Desde ahí no he dejado de cantar.
–¿Siempre se inclinó por la canción ranchera?
–Me gustaba mucho la música popular mexicana; después, la latinoamericana: Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés. En la escuela de música, en Saltillo, se estudiaba la música clásica, que fue muy útil. Un día en la escuela estaba cantando así como uno canta para invocar la vida y me escuchó un maestro: “¿por qué no te cambias a canto? Tienes muy buena voz para ópera”. Mi primer examen fue cantar un aria llamada Pur dicesti, o bocca bella, y fue la única vez que canté algo así porque una compañera me escuchó y me invitó a formar parte de un mariachi. Acepté porque me iban a pagar. Me gustaban De qué manera te olvido y Paloma negra.
“En una celebración del Día del Maestro contrataron al mariachi; mientras cantaba sentí una mirada sobre mí. Era mi maestro de canto operístico reprobando lo que estaba haciendo. Al lunes siguiente me corrió de su clase. Me sentí triste y aliviada también, porque ya podía dedicarme a la música popular. Hice el examen para la Normal Superior del estado. Soy profesora de español de secundaria. Nunca dejé el mariachi, nunca dejé de cantar en cafés, en bares, donde se pudiera. Empecé a componer y me ayudó muchísimo haber estudiado español, porque conocía las figuras retóricas, el fondo, la forma. Hasta que un día le dije a Pato, que es de mis mejores amigas: ‘me voy a ir a la Ciudad de México a que la gente conozca mis canciones’.”
–¿Cuándo saliste de Saltillo?
–Llegué en 2012. Como profesora ejercí muy poco tiempo, pero me gustaba mucho enseñar la lírica popular, porque veíamos corridos, poesía, formas de expresarnos a través de la palabra. Aquí en la Ciudad de México entré a estudiar a la Sociedad de Autores y Compositores de México a un taller en el que me animaron mucho.
–Vivir, la vida le ha sonreído, le va muy bien y es muy joven aún.
–Estoy muy agradecida. Creo que hay que ser muy agradecida cuando la vida es bonita y te lleva por los caminos a los que quieres ir, dedicarte a lo que amas, ¿no? Eso es un regalo muy grande. Me gané la beca María Grever, que otorga el Auditorio Nacional y el Fonca. Empecé a crecer con mi música y mis canciones. El punto máximo fue en 2020, cuando compuse Canción sin miedo, que cantamos junto a Mon Laferte y El Palomar en el Zócalo de la Ciudad de México, el 7 de marzo de 2020, una semana antes del aislamiento por la pandemia.
–Qué maravilla, porque muchas chavitas convirtieron su canción en un himno.
–No me di cuenta del impacto que tuvo la canción, sino hasta meses después que empezaron a salir muchísimas versiones. En esa canción hablo del feminicidio, interpela incluso al Estado. Es un homenaje a las mujeres que luchan en todos los territorios de México, Latinoamérica y el mundo.
–Después de ese gran éxito, ¿sigue componiendo?
–Sí, hago canciones para cine. Tengo dos álbumes, el primero se llama Te mereces un amor, en el que trato de decir a las generaciones nuevas que hay formas sanas de amar, que no tiene que ser la típica canción de “si te vas te mato”. El segundo disco es muy peculiar, porque me tardé 10 años en hacerlo, se llama Cosas que sorprenden a la audiencia; son 10 historias verídicas de mujeres que estuvieron o están en la cárcel por haberse defendido de sus agresores. Cuando se están defendiendo matan al sujeto o lo dejan herido y hay quienes les dicen: “ay, te hubieras defendido menos”, “es que lo mataste, hubieras dejado que él te matara, hubieras tenido menos problemas”; entonces, esas historias las convertí en corridos. De esas 10 mujeres unas ya salieron de la cárcel.
–Su trabajo es muy bonito, de mucho amor, sobre todo.
–Empecé un tercer disco para hablar del amor desde una perspectiva que apela a nuestra libertad como mujeres, a un amor sano. Sabemos que en México hay muchísimos feminicidios, que hay muchísima violencia; existen los narcocorridos, hay muchas canciones misóginas, yo escribo lo contrario.
–Recuerdo que Los 3 Calaveras cantaban: “qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas”. La letra era preciosa, era poesía.
–Eso es lo que quiero hacer, poesía en las canciones y poesía de la belleza que se encuentra en lo cotidiano. La música es una de las artes que más se queda en el subconsciente. Hay mamás que dicen: “yo no dejo que mis hijos escuchen a ciertos artistas”, pero no podemos privarlos de salir al mundo y que se encuentren con los mensajes nefastos en las redes sociales. No hay una censura o regulación para la música con mensajes violentos o muy sexualizados. Mi forma de contrarrestarlo es haciendo música distinta. Una vez, al terminar un concierto, se me acercó una señora con sus dos hijas chiquitas, como de 5 y 6 años: “Vivir, tú eres la única artista adulta que dejo que escuchen mis hijas por los mensajes de tus canciones”.
–¿Por qué hay tanta violencia en la canción mexicana?
–Pienso que es un reflejo de lo que se vive a diario.
–¿Usted ha aparecido mucho en la tele?
–En la tele, en la radio, en las redes. Ahora voy a participar en una serie de Netflix que se llama Mal de amores, basada en el libro de Ángeles Mastretta; ahí voy a sacar algunos temas que compuse. Andamos en todos lados.
–¿Cuáles son los grandes compositores de la canción mexicana para usted?
–Juan Gabriel, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Tomás Méndez, Consuelito Velázquez, Mónica Vélez, es muy contemporánea y es una gran compositora; Natalia Lafourcade, David Aguilar y Martín Urieta, con quien recibí un reconocimiento en Los Ángeles.
–Los Ángeles es el paraíso de los artistas mexicanos.
–Fui porque abrieron La Casa del Compositor, y a uno de los salones le pusieron mi nombre. Soy la única mujer entre Martín Urieta, Carlos Macías, Jaime López y Beto Cuevas.
–¿Y el camino de compositora es más difícil que el de cantante?
–Son un poco similares, pero es más generoso el de compositor. Cuando eres compositora, si colocas tus canciones y vas haciendo que la gente las conozca, puedes vivir de tus regalías hasta que mueras. Sin embargo, cuando sólo eres cantante debes tener shows todo el tiempo. Tengo la esperanza de un día parar y sólo estar en mi casa escuchando música y escribiendo tranquila, y tal vez ahí retome el canto operístico que dejé en la escuela o aprenda carpintería.
–¿Cuál es el mejor público, el de España o el de América Latina?
–Tengo muy bonito público en España. El año pasado me presenté en la sala Villanos, en Madrid, donde triunfó Chavela Vargas. Fue un concierto precioso que estuvo lleno a reventar. Me puse muy feliz, porque me fue a ver Luz Casal, una gran cantante; fue mágico.
“En Latinoamérica también he tenido éxitos en Argentina, en Chile, son conciertos de mucha resistencia, con mucho movimiento social y político. También eso me ha llenado mucho la cabeza y el corazón. Cantar me ha ampliado muchísimo el espíritu y lo agradezco. Como personas que vivimos en cualquier territorio tenemos que estar enterados de la política, de nuestro contexto para ser partícipes y exigir respeto, pero también saber cómo podemos aportar a nuestro país. Vivir en México y dedicarnos a lo que amamos es un regalo.”
Elena Poniatowska
Fuente: La Jornada
